Por Micky Torres
Renata, creadora de la marca Tari Zapatos, logra convertir el hito de Margiela en una resistencia estética, y con su último lanzamiento busca liberar al propio cuerpo.
Existen cortes que dividen mucho más que el cuero; dividen eras. Cuando una joven Renata observó, aún en sus años escolares, aquella colección de 1988 de Maison Margiela en la que el ancestral jika-tabi japonés hizo su debut en las pasarelas occidentales, algo mutó en su imaginario. Mucho antes del actual frenesí de TikTok, el zapato de punta dividida era un lenguaje secreto. Y es precisamente ese código el que hoy da vida a Tari Zapatos, una etiqueta nacional que fabrica más que calzado, sino también una fuerte identidad que determina la manera en que habitamos el espacio.
Los grandes archivos de moda nacen, casi siempre, de una carencia. La historia de Tari no remite a un frío y planificado plan de negocios, sino que es la historia de una urgencia íntima, de un profundo deseo de tener una prenda que estaba fuera del alcance. Renata empezó estudiando zapatería como hobbista, guiada por la frustración de no conseguir sus propios tabis. «Dije 'bueno, me los hago yo'», confiesa, guiada por ese motor tan característico de los que llevan el arte en la sangre. Esa ética del savoir-faire autodidacta, forjada en los talleres junto a su suegra de aquel entonces, se mantiene intacta hoy. El filtro final sigue siendo ella misma; su cuerpo es la única métrica que importa.
Por eso, ha tomado una decisión de diseño radical: no endurecer la puntera. Menos armadura, más anatomía. Los dedos se liberan en un estandarte de la marca que fusiona, por fin, la elegancia con la comodidad absoluta.
Para esta primera entrega de la revista Estepa, Tari despliega un vocabulario visual que oscila entre lo utilitario y lo fantasioso. Por un lado, la necesidad de un calzado cómodo; por el otro, la urgencia de vestir una prenda inigualable. El ancla de la propuesta es el modelo negro clásico; «el "caballito de batalla" ineludible» afirma, una silueta de líneas limpias que prescinde de ornamentos, que funciona con todo, pero exige ser mirado. Sin embargo, es por fuera de las siluetas clásicas donde la experimentación brilla. Lo vemos en el zapato plano acordonado, casi deconstruido, que evoca un derby relajado. Un Oxford montado sobre un tacón Luis XV elaborado en cuero liso y flexible en un tono mostaza terroso. La imagen en el paisaje nevado le da al calzado no solo la función de vestir, sino también la de dialogar. El peso visual de la prenda orgánica choca, y a la vez abraza, la morfología vanguardista del zapato. El contrapunto táctil llega con el segundo par: un diseño slip-on de empeine alto, desprovisto de cordones, con una horma alargada que afila visualmente al calzado confeccionado en una gamuza marrón oscuro; un acabado mate que corta como un cuchillo la blancura de la nieve.
Renata observa la explosión global de su silueta fetiche con la cautela de quien amaba la obra antes de que el museo se llenara de turistas. Ella sabía que el hype llegaría, pero se niega a jugar bajo las reglas del fast fashion. En Tari no hay "colecciones" impuestas por el calendario de la industria; hay procesos lentos, modelos que nacen como "bebés" individuales. Es una respuesta profundamente personal de alguien que pasó gran parte de su vida sin poder vestirse como realmente deseaba. “Para mí la marca es esto, un experimento. Que se elija el zapato porque realmente gusta, porque es cómodo y es un buen producto, y no simplemente porque es una tendencia” nos admite.
En el mes de septiembre, este universo abandonará el éter digital para materializarse en un showroom propio en Lavalle 1206, en el pulso del microcentro. Un espacio donde la transacción dará paso a la conversación, porque, como bien descubrió Renata, la verdadera magia ocurre cuando la prenda encuentra a su portador en el mundo real. Tari Zapatos no solo está pisando fuerte en nuestra industria; está enseñándonos, con cada costura y cada encastre, a caminar dejando una huella que importa.
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